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miércoles, 16 de noviembre de 2011

El cambio mueve el mundo y marca la diferencia


A lo largo de nuestra vida nos encontramos con situaciones muy dispares entre sí, a las que nos vemos obligados a enfrentarnos de distintas maneras, que nos afectan en grados diferentes y que nos guían por caminos variados.

Pero hoy sólo me centraré en un tipo de situación. Aquella que te produce esa sensación de desasosiego, de desesperanza y de melancolía. Que te arranca la felicidad y las ganas de sonreír. Que provoca mil y un pensamientos, todos semejantes, todos contrapuestos. Que te aleja del mundo, aunque formes parte de él. Que alimenta la oscuridad y no te permite ver la luz. Que nubla el cielo de gris y tiñe tu corazón de negro…

 Espero que llegado a este punto, todos o la mayoría, sepáis a qué tipo de situación me estoy refiriendo. Lo he estado pensando, y aunque todo el mundo la hayamos sentido en más de una ocasión, no tiene nombre fijo. Hay muchos sustantivos para mencionarla: tristeza, melancolía, apatía, decadencia, morriña, dolor, infelicidad… Pero ninguno de ellos exacto, pues todas estas palabras describen la situación.

Una vez que hemos sentido estas sensaciones; que ha llegado el momento de vivir una situación así, es cuando somos conscientes del valor que posee la parte contraria. Cuando vemos la importancia de sentirnos bien, de sonreír sin explicación, de llorar de emoción y alegría.

Pero, no nos quedemos sólo en eso. Vayamos más allá.

Cuando sentimos la tristeza observamos el precio tan alto que tienen las pequeñas cosas. Un precio altísimo pero que el mundo nos ofrece gratis. Pequeños actos, respuestas o gestos. Actuaciones sencillas, improvisadas y desinteresadas. Esos momentos que llenan nuestro corazón, que nos hacen disfrutar sin que nos demos cuenta, que nos hacen sentir libres del mundo, que provocan sonrisas inmensas. Es tan fácil como ver las estrellas desde la azotea de tu casa, pasear por el parque y escuchar el piar de los pájaros, o reflexionar sobre aquello que te rodea y aquello que te rodeó.

Es cierto que en una situación como la que estamos analizando es difícil prestar atención a los pequeños detalles, a la belleza del mundo, porque tu mente sólo puede enfocar la tristeza que ha formado un túnel negro en tu corazón y sólo observas las cosas que te hacían feliz para darte cuenta de que ya no provocan en ti el mismo sentimiento que antes lograban.

Y es así, cuando formulas la gran sentencia. Esa que aumenta y alarga la situación de pena que estás viviendo. Ese juicio que una vez dictado ya no permite vuelta atrás, o al menos, eso creemos: el cambio.

No, no me malinterpretéis. El cambio no es malo, pero tendemos a pensar que sí. En este mundo, lleno de evolución, de velocidad y de actuaciones y decisiones continuas, el cambio es inevitable. Y ya no sólo en el mundo, también en la vida, en el espacio, en el universo. Todo está en constante proceso de cambio.

¿Deberíamos sentir tristeza por sentirnos diferentes?

Sin duda, cada situación a la que nos enfrentamos provoca un cambio en nosotros. A veces, progresivo; otras, repentino. Estos cambios sólo nos ayudan a evolucionar. A aprender. A mejorar. A facilitar nuestra vida a través de nuevos conocimientos. A colmar de experiencias cada día vivido. A recordar el pasado, vivir el presente y ansiar el futuro.

Entonces, ¿el cambio es tan malo como aparenta?

Debemos recordar que el cambio y la muerte son lo único inevitable en el mundo, y la muerte es otro proceso de cambio. Por tanto, debemos aprender a convivir con él. Saber que cada día somos distintos, es más, cada minuto o segundo sucede algo que produce un cambio en nuestro comportamiento o nuestro modo de pensar.

Vivimos porque cambiamos. Cambiamos para seguir viviendo.

Sólo hay una cosa que jamás debemos permitir y es que el cambio nos haga olvidar cómo hemos sido y cómo somos ahora, porque en este proceso, lo qué fuimos es tan importante como lo que seremos, y  reconocer nuestro cambio es tan necesario como ser conscientes del de el mundo.

Por ello, una situación así se produce por los sentimientos que nos afectan. La diferencia que sentimos está en las cosas que hemos aprendido y que han producido que estemos en esta situación. Y esta diferencia sólo es un nuevo cambio.

Así pues, no os sintáis tristes por sentiros diferentes. No creáis que el cambio os producirá dolor. No olvidéis los pequeños detalles que antes os importaban y que han cambiado con vosotros. Porque…

El cambio es el motor del mundo. La diferencia, un pedal que da fuerza al cambio. Y la belleza del mundo se debe a que los pequeños detalles marcan la diferencia.

Ya lo dijo A. Schopenhauer: "El cambio es una cosa inmutable".

Ya que... por más que no queramos, el cambio se producirá.

Y, más tarde, Emily Dickinson: "¿Cambiar? Cuando lo hagan las colinas".

Es decir... Cambiamos con el paso del tiempo y somos conscientes de ello, pues conforme las colinas cambian, nosotros también lo hacemos.


Quiero dedicar este texto a una personita que me ha echado de menos durante bastante tiempo y que por lo que sé, se ha encontrado en esta situación.
Sólo puedo decirte que...: Gracias por tu comentario pues me hizo reflexionar. No temas al cambio y observa el cambio del mundo en los pequeños detalles. Y recuerda que aunque no mires las estrellas tanto como antes, no pasees por el parque las mismas veces, no prestes atención al canto del los pájaros... todos ellos cambian contigo y te estarán esperando por si algún día decides regresar a recordar el pasado. Un beso. 

viernes, 7 de octubre de 2011

Encontrando la Belleza...

Hoy me ha pasado algo muy curioso, algo que me ha hecho pararme a pensar por un momento.

Cuando el sol estaba en lo más alto del cielo, una bandada de pájaros ha salido volando de un pequeño árbol y, sin más, todos ellos se han puesto a revolotear dando vueltas cerca de los árboles, del suelo y de las cabezas de la gente.

La verdad es que ante esta imagen mi cuerpo se ha permitido el detenerse, mis sentidos el observar y mi corazón el disfrutar, olvidando por un momento las prisas que me guiaban, el cansancio que sentía o las preocupaciones que pudieran acosar mis pensamientos.

Pero al mismo tiempo que esto sucedía mi mirada se ha deslizado hacia la gente que me rodeaba, la gente que se encontraba bajo esos pequeños pájaros juguetones y me he dado cuenta de que yo era la única persona que había observado la escena, que había decidido pararse y mirar embelesada el cielo; ya que el resto estaba demasiado ocupado tumbado en el césped, riendo con sus amigos, discutiendo por el teléfono móvil, quejándose por tal examen o tal trabajo, o simplemente, viendo pasar el tiempo con los ojos cerrados.

Ha sido en ese preciso instante cuando un pensamiento, sólo uno, fugaz como el rayo, ha atravesado mi mente.   

No nos damos cuenta de la belleza que nos rodea, del don que poseemos y que no comprendemos, de lo hermosa que es la vida...  y esto es porque estamos demasiado centrados en quejarnos de la mala suerte que tenemos, de la incertidumbre del no saber o del saber demasiado, de las críticas que nos hacen y de las que hacemos... Olvidándonos de que en el mundo no sólo existimos nosotros, sino que hay algo más, muchísimo más; y ya no sólo hablo de más personas, hablo de más seres, más circunstancias, más situaciones y más vidas; porque, ¿quién sabe qué celebraban esos pájaros?, ¿quién puede decir por qué hoy y no ayer?, ¿quién puede descifrar lo que nos decían con su piar?

Nadie.

Pero podemos soñar con que... nos animaban con sus dulces cantos a bailar con ellos, lo han hecho hoy porque han decidido no pensar en el mañana y tal vez, sólo tal vez, lo que estaban celebrando era la vida.

Por eso, deberíamos escuchar más, sentir más y observar más, ya que no sabemos cuántas cosas nos perdemos si no prestamos atención, no sabemos qué nos perderemos hoy y no podremos disfrutar mañana, no sabemos, en fin... ¡Hay tantas cosas que no sabemos...! 

Simplemente, deberíamos dejar de pensar en nosotros mismos y valorar lo que tenemos, porque lo más preciado es nuestra vida y, gracias a ella, podemos disfrutar de cada imagen, escena o situación que la naturaleza, los animales o el mundo nos ofrece. Porque hoy es lo que importa. Porque realmente sólo se vive el hoy. Y, porque únicamente seremos felices si logramos sentir la felicidad del mundo.

Así que os propongo un juego... La próxima vez que vayáis centrados en vosotros, vuestras preocupaciones, vuestras prisas, vuestros temores, vuestras meteduras de pata... ¡Deteneos! ¡Sí, sí! Deteneos por un instante. Observad el cielo y disfrutad con los pájaros del hermoso día que se nos ha presentado, de los rayos de sol y de la melodía de la naturaleza. Mirad al suelo y divertíos con las pequeñas hormigas que raudas salen o regresan al hormiguero en busca de comida. Reíd con los saltos de alegría de aquel pequeño cachorro. Y si no hay sol... Sentid la lluvia golpear contra vuestro paraguas, disfrutad con la felicidad de los niños que saltan en los charcos, deleitaos con la hermosura de un pájaro cubriendo de la lluvia a sus polluelos... 

En definitiva, encontrad la belleza y una vez que no podáis dejar de sonreír... Proseguid con vuestro camino. Porque aunque no os lo parezca, algo, por muy pequeño que sea, habrá cambiado. Porque ahora esa belleza de la que habéis disfrutado también residirá en vosotros ya sea a través del brillo de vuestros ojos, de la paz que os invade o de la sonrisa que no se esfuma.